Camping y restaurante Supramonte
📍 Camping Ristorante Supramonte
En el corazón de Barbagia: todoterreno, cochinillo asado y los cantos de los pastores en los bosques del Supramonte.
Cuando dejas atrás la costa turquesa y te adentras en el interior, Cerdeña se despoja de su imagen de destino vacacional y muestra su verdadera alma indómita. El camino hacia el Camping Ristorante Supramonte, escondido entre los densos y ancestrales bosques cerca de Orgosolo, no es un simple paseo. Es un viaje en el tiempo a un lugar donde la naturaleza sigue marcando el ritmo del día y la hospitalidad sabe a carne asada al fuego y a vino tinto fuerte. Para nuestro equipo de trece personas, ávido de experiencias auténticas, era una parada imprescindible del viaje.
Fuera de pista por la Foresta di Montes y los gigantes calcáreos
La aventura comenzó mucho antes de sentarnos a la mesa. Para llegar al corazón del Supramonte, nos subimos a unos jeeps todoterreno. La ruta discurría por la Foresta di Montes, uno de los últimos bosques primitivos de robles de Europa. Es un lugar místico y sombrío, donde los árboles enormes y retorcidos forman un dosel natural, y el silencio omnipresente solo se veía interrumpido por el rugido de los motores que surcaban los caminos de grava.
El punto culminante de esta travesía todoterreno fue el majestuoso Monte Novo San Giovanni. Este monolito calcáreo, que se eleva a 1316 m sobre el nivel del mar, parecía una fortaleza natural con paredes rocosas verticales. Una breve caminata hasta su cima plana lo compensó todo: las vistas de 360 grados de toda la cordillera del Gennargentu, los valles salvajes y las lejanas ensenadas eran impresionantes. Era el lugar perfecto para sentir la grandeza de las montañas sardas antes de embarcarnos en el festín culinario final.
Un oasis bajo las encinas y un festín culinario
No os dejéis engañar por la palabra «camping» en el nombre del destino. No se trata de un camping con césped bien cortado, sino de un asentamiento austero y rústico integrado en el paisaje montañoso, gestionado por pastores locales. Mesas macizas de madera escondidas en la profunda sombra de robles de hoja puntiaguda centenarios, el aroma del humo de las hogueras flotando en el aire y una ausencia total de prisas. Al sentarnos en la larga mesa con nuestro numeroso grupo de trece personas, nos convertimos de inmediato en parte de esa gran, bulliciosa y sumamente cordial familia italiana.
El festín de los pastores es un ritual que hay que celebrar. En las mesas no tardaron en aparecer enormes trozos de queso Pecorino duro, ricotta casera, el pan de pastor Pane Carasau, fino y crujiente, y embutidos locales, y todo ello lo regamos generosamente con un vino Cannonau de color rubí intenso y fuerte, servido directamente de jarras abombadas.
Sin embargo, el plato estrella por excelencia, el que todos esperaban, fue el Porceddu: un lechón sardo asado lentamente a fuego abierto, apoyado sobre aromáticas ramitas de mirto. La carne era increíblemente tierna y la piel, perfectamente crujiente. Siguiendo la tradición, también nos sirvieron cordero hervido (pecora bollita) con patatas. El aroma de la carne asada a la leña, combinado con el aire fresco de la montaña, es una auténtica locura culinaria. Para rematar la obra de destrucción, nos sirvieron dulces caseros, un café fuerte y una copa de Mirto —un licor tradicional elaborado con bayas— que puso el broche final al festín.
La magia del «Canto a tenore» y los bailes en círculo
Cuando las mesas se iban vaciando poco a poco y el vino seguía circulando por las copas, llegó un momento que nos puso la piel de gallina. Los pastores interrumpieron sus conversaciones, se colocaron en un círculo apretado, se pusieron las manos sobre los hombros y cerraron los ojos. De repente, el bosque se llenó de sonidos profundos, vibrantes, casi hipnóticos.
Escuchamos el «Canto a tenore», el canto polifónico tradicional de los pastores sardos. Cuatro voces masculinas se entrelazaban entre sí, creando una armonía austera y gutural. Se dice que estos sonidos son el eco de la propia naturaleza: la voz más grave imita el mugido de una vaca, la siguiente, el balido de una oveja, y el resto, el viento que azota las montañas. Este canto es tan singular que en 2008 fue incluido en la lista del patrimonio cultural inmaterial de la UNESCO. Escucharlo en directo es una experiencia mística que, por un instante, detiene literalmente el tiempo.
Justo después de ese toque melancólico, el ambiente se animó de inmediato. Apareció un acordeón y los pastores, con amplias sonrisas, nos invitaron a bailar el «Su ballu tundu», una danza tradicional sarda. ¡Aquí no había lugar para excusas! Los trece nos cogimos de las manos con nuestros anfitriones, formando un gran círculo. Al principio, los pasos parecían sencillos, pero el ritmo iba aumentando con cada segundo. El baile en común, las risas, la música a todo volumen y la desaparición de las barreras lingüísticas: eso es integración al más alto nivel, tras la cual había que recuperar el aliento.
Tesoros de la despensa
Antes de despedirnos de este oasis forestal, llegó el momento de algo para los cazadores de sabores auténticos. Los pastores abrieron sus despensas, dándonos la oportunidad de comprar productos locales y artesanales: sin comercialización, sin etiquetas brillantes, directamente de las manos de sus creadores. Rápidamente nos hicimos con provisiones de primera calidad:
- Pecorino Sardo: quesos de oveja duros y curados,
- embutidos caseros —secados al aire, de aroma intenso—,
- Pane Carasau: paquetes de ese pan crujiente e insustituible,
- Mirto: botellas de este licor tradicional, ideal para recordar el viaje una vez de vuelta a casa.
La salida del Camping Ristorante Supramonte con el estómago lleno, la cabeza repleta de música increíble y las mochilas repletas de delicias de la montaña fue el momento en el que todos coincidimos en que había sido, sin duda, uno de los mejores días de todo el viaje. ¡Hemos visto, oído y saboreado Cerdeña en su forma más auténtica!
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